Takeshi (“Beat”) Kitano: el Señor de las muñecas

Publicado: agosto 17, 2009 en Uncategorized
Kitano

Kitano

Dos figuras prevalecen. Antropomorfas e impávidas, varón y mujer fueron concebidas: danshichi / okusan. Levitan elucubrando su llanto, deslizándose entre lo elemental y lo estilizado. Gráciles, espeluznantes de tan perfectas, se yerguen en una danza mórbida y sublime, como una brisa invernal colada por los alcanforeros. Detrás del escenario nada se mueve. Todos alabamos el bunraku silenciosos, tan respetuosos como maravillados, ante los lamentos de una estampa sincera, xilográfica, que nos remite a las olas del ukiyo-e, a las imágenes del mundo flotante. Sólo se escuchan las cuerdas gentiles del shamisen entrecortadas por un jōruri que conjura “sus lágrimas ensombrecieron su rostro y se convirtieron en monedas”. La okusan se ha tumbado, decúbito prono, y recita en alaridos melódicos a través de la voz del tayū: “…sus lágrimas, brillaban como petaloides amarillos… la pena es mía“.

Antes de que el banquete visual abriera, estas figuras eran sólo muñecas, títeres. Responsos de tela y cerámica que aguardaban emular la persona -en el sentido griego, máscara- de una voz ajena. Ahora, lamentándose en un abrazo, poseen un espíritu tangible. Un alma prestada. Son objetos condenados a sentir, a ser poseídos y subjetivizarse. Muñecas que se tornan individuos: ningyō. Artífices que en el antiguo Edo hacían la labor de médium entre los dioses y los humanos, y que hoy son los dioses mismos, transubstanciados en rasgos uniformes y cabello sintético. Efímeros, porque al terminar la función y al apagarse la luz, saben que morirán. Su mensaje habrá sido entregado y volverán a su belleza inicial, contemplativa y cristalizada, intemporal e inerte. ¿Qué le otorga a estas formas adánicas su soplo de vida?, ¿quién es la voz detrás de la muñeca? Y, ¿quién decide cuándo la muñeca vuelve a su carácter cerámico, ornamental?, ¿quién la despoja de su llanto?

Existe un gran jōruri que teje, a manera de recital, la dinámica de nuestras vidas. Mientras duren, serán vórtices de historias, o un transitar de muñecas humanas en interacción permanente. Cada narración generada por una muñeca ningyō montaría un nuevo bunraku, por lo que para evitar el caos, deben ser muchos los ornamentos que cobran vida, pero pocos los que son capaces de reproducirla. Sólo algunos, los genios, pueden desafiar al tayū Maestro, al “recitador”, para ejecutar sus propias historias y dar (o quitarle) vida a sus propias muñecas. El filme, jōruri de muñecas-actante y remolino anecdótico, es el arma que el japonés Takeshi Kitano utiliza para perpetuar su vida en el escenario, y de paso, para fungir como hábil titiritero.

En dos palabras, Kitano es un enigma exquisito. Cuidadoso de lo visual y respetuoso de las estéticas arcaicas -el kabuki, el paisajismo y el retraismo-, podría catalogarse como un postmoderno, mas no en un sentido peyorativo. El desafío de la modernidad se asocia con lo plástico e intrascendente, pero, ¿no son acaso el humor negro, el nihilismo, la contemplación del instante, también jaquecas de la modernidad? Kitano no mata el proyecto estético de “lo moderno” de golpe y sin sentido, como es el caso de los mass media, sino que gusta de maltratar a la modernidad con sumo cuidado, de derretirla. Su protesta expresiva no es la eutanasia de la modernidad, sino más bien, una tortura calculadora: observar cómo “moderno” se desmorona al encontrarse, al menos en lo argumental, en fase terminal. Por eso, Kitano es un amante de la paradoja. Utiliza lo más sencillo para dotar a sus filmes de una profundidad insondable. Sus personajes son inexpresivos, estáticos, pero como los ningyō, son engañosos, porque su facultad de muñecas no los hace menos humanos. Casi sin hablar logran ser catárticos. Trazan una complicidad espiritual con la audiencia, como en el bunraku, y son dioses incapaces de sentir, anhelando la humanidad de forma permanente.

Las historias de Kitano son relatos convencionales, pretextos para denotar una fotografía impecable, soundtracks memorables, y una habilidad narrativa de proporciones milenarias. Kitano conjuga el lugar común con el camino del héroe mítico: en Flores de fuego (Hana-bi, 1997), un ex-policía cuida a su esposa enferma de leucemia, en Brother (2000), un traficante emprende un viaje a las entrañas del crimen organizado o yakuza, y en Zatoichi (2003), un vagabundo ciego resulta ser un haz del sable. Inserto en la tradición estética “postapocalíptica” que han edificado los nipones en música, arquitectura y animé, no desdeña el más mínimo detalle, pero en el resultado final, se muestra intempestivo y hasta violento, manteniendo como “rabieta”, un enfrentamiento permanente con el mainstream, con la cultura hegemónica: el “establishment” de trabajo, pensamiento y consumo del mundo actual. Dolls que dirige y escribe en el 2002, por ejemplo, considerada su obra maestra, gira en torno al peregrinar de una pareja atada, a través de un entorno que no entiende y que, en viceversa, poco comprende su caminar. Maestro de la hibridación, mezcla el rōnin, la geisha y el arte momoyama con situaciones ilusorias que toman como escenario, las grandes problemáticas del Japón del siglo XXI. Tal vez, su afán de restaurador o copista, que lo lleva a desenterrar el legado tradicional del arte japonés, responde a su inquietud por rebelarse contra la estética “hegemónica” que elogia la perfección. Kitano es “el relegado”, da “la contra”. Deidifica lo imperfecto.

La trayectoria de Takeshi Kitano es tan postmoderna como su noción estética o filosófica. La idea moderna de un director-autor que tarda años en inspirarse, que crea filmes-monumento y que se fotografía en blanco y negro con el lente de su cámara, no va con Kitano. Él no es Scorcese ni Kubrick, es un artista visual que le gusta de la música y que actúa. No es un realizador de tiempo completo. Desde el 2005, mantiene la cátedra de artes visuales en la Escuela de Postgrado de la Universidad de Música y Bellas Artes de Tokyo, ha actuado en filmes como Feliz Navidad, Mr. Lawence (1983) de Nagisa Oshima, en compañía de David Bowie, y fungiò como “host” del show Takeshi´s castle, a finales de los noventa. En su país, incluso, se le conoce como Beat Takeshi, debido a que comenzó como comediante del dúo Two Beat. Se dice, también, que Kitano pinta, hace grabado y ha colaborado en el diseño de algunos videojuegos populares. Ha declarado que, a pesar de ser considerado uno de los más grandes realizadores japoneses de su tiempo, no se autoconcibe como un “patriarca” de la cinematografía nipona. Descarta la idea de ser un daygo de las artes, un “señor feudal” que dictamine la calidad del trabajo de otros. Por tanto, Kitano no se ve afectado por lo que de él diga la crítica, ni persigue hacerse notar en los festivales internacionales. Sólo quiere jugar con sus muñecas: vestirlas, dotarlas de argumentos incisivos y rodearlas de momentos fílmicos de magistral belleza plástica. Sólo goza siendo el titiritero de sus historias, darle vida momentánea a los ningyō, y hacerlos volver, después, a su estado de entes.  Sólo quiere hacer de su cine, un bunraku gigantesco.

Y al final, dos figuras prevalecen. Antropomorfas e impávidas, varón y mujer fueron concebidas: danshichi / okusan. Sus cinturas están atadas por una cuerda roja. Avergonzados, caminan entre rostros que murmuran. La voz de un niño señala…“son los mendigantes, los mendigantes…”.

Eloy Caloca Lafont

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